Miqueas Thärigen, el guardián del Barolo que transformó su carrera desde cadete.

Miqueas Thärigen, el guardián del Barolo que transformó su carrera desde cadete.

MIQUEAS THÄRIGEN, EL “GUARDIÁN” DEL BAROLO

Empezó como cadete y creó un negocio que ayuda a mantener uno de los edificios porteños más icónicos

Lo que comenzó como una manera de pagar su alquiler, se convirtió en un emprendimiento familiar que recibe miles de turistas al mes y contribuye a reducir un 40% las expensas de un edificio de más de 100 años en el centro porteño.

23 de octubre de 2026
08:54

El Palacio Barolo fue inaugurado el 7 de julio de 1923 y es uno de los edificios más emblemáticos de la Avenida de Mayo. Pasar por sus puertas de vidrio es como viajar en el tiempo. Esa es la sensación que uno tiene cuando ingresa al Palacio Barolo, ese icónico edificio del microcentro porteño sobre la Avenida de Mayo que, por un momento, hace que el ruido y el movimiento de la Buenos Aires del 2026 queden atrás.

Los pisos, los techos, los antiguos ascensores y cada detalle de su arquitectura parecen conservar algo de aquella ciudad de principios del siglo XX. Es casi inevitable imaginar hombres de traje y sombrero, mujeres con polleras largas, bastones, maletines y el ir y venir de quienes recorrían sus pasillos hace 100 años.

Hay algo que tienen los edificios icónicos porteños, una mezcla de nostalgia, elegancia y misterio. El Barolo, inaugurado en 1923, es uno de los mejores ejemplos. Referente de la arquitectura ecléctica latinoamericana, con características del Neogótico y el Art Nouveau que conviven con modernas técnicas de construcción y reminiscencias de la arquitectura de la India.

Con 100 metros de altura, el Palacio Barolo fue diseñado por Mario Palanti e inspirado en La Divina Comedia de Dante Alighieri. El edificio fue concebido originalmente para albergar oficinas, una función que conserva más de un siglo después. Detrás de su fachada monumental todavía funciona aquello para lo que fue pensado originalmente, ser un edificio de oficinas. Solo que hoy, entre quienes llegan a trabajar, también circulan turistas que buscan descubrir los secretos de una construcción inspirada en La Divina Comedia.

Pero no siempre fue así. Hubo una época en la que los turistas se detenían sobre la Avenida de Mayo, levantaban la mirada para contemplar sus 100 metros de altura y seguían de largo. Hasta que, en 2004, un joven estudiante de Medicina tuvo una idea que terminaría cambiando su historia.

Miqueas Thärigen había llegado desde Mar del Plata para estudiar en la Universidad de Buenos Aires. En ese momento trabajaba como cadete en el Barolo, gracias a su tío que era el administrador del edificio, pero a Miqueas no le alcanzaba para pagar el alquiler. Un día, mientras observaba a los turistas que se detenían frente a la fachada, se hizo una pregunta: “¿Qué pasa si subimos gente al faro para conocer el edificio?”. Unos 22 años después, el emprendimiento con el que participa junto a su hermano Tomás, recibe miles de visitantes y reduce las expensas del consorcio.

Los hermanos Miqueas y Tomás Thärigen llevan más de dos décadas desarrollando actividades turísticas y culturales dentro del Palacio Barolo. La historia de los hermanos Thärigen con el Palacio Barolo, sin embargo, empezó mucho antes. Su bisabuelo, Carlos Jorio, fue uno de los primeros en instalar su estudio contable en el edificio, en la década de 1920. “Mi bisabuelo tenía su escritorio acá desde 1926. Después mi tío empezó a administrar el Palacio y nosotros, desde chicos, estuvimos vinculados con el edificio”, recuerda Miqueas sentado en el rooftop del lugar, más de 100 años después.

Incluso, mucho antes de que las visitas guiadas se convirtieran en un negocio, su bisabuelo ya imaginaba el potencial turístico del lugar. “Una persona que trabajaba en un kiosco de la planta baja nos contó que él siempre decía: ‘Acá tendría que haber turistas y tendrían que subir constantemente’”, cuenta.

Las primeras visitas comenzaron a hacerse los lunes y jueves. Miqueas cursaba entre las 14 y las 18, con salidas cada hora y una estrategia de difusión bastante distinta de la actual. “Muchas veces salía personalmente a repartir folletos en la calle para invitar a la gente a conocer el edificio. También mandaba mails a las agencias de turismo, porque en 2004 no había todas las herramientas que tenemos hoy”, explica.

“Sentimos que recibimos por parte de nuestra familia un espacio para explotar y que es nuestra responsabilidad conservarlo, mantenerlo y difundirlo para que futuras generaciones lo sigan disfrutando”, reflexiona Tomás.

EMPEZAR POR EL INFIERNO, PASAR POR EL PURGATORIO Y LLEGAR AL PARAÍSO

Desde un principio, la intención fue que quienes ingresaran al Barolo no se limitaran a subir hasta el faro, sacar una fotografía de Buenos Aires y retirarse. Los hermanos querían que la experiencia comenzara desde la planta baja y que cada rincón del edificio sirviera para contar una parte de su historia.

“Nosotros queremos contar todo desde la arquitectura y que la gente se vaya diciendo que le encantó la historia, que pudo empatizar con el dueño y con el arquitecto”, agrega Tomás. Diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti a pedido del empresario textil Luigi Barolo, comenzó a construirse en 1919 y fue inaugurado el 7 de julio de 1923. Con sus 100 metros de altura, que representan los 100 cantos de La Divina Comedia, propone un recorrido simbólico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante Alighieri.

La planta baja representa el Infierno. A medida que se asciende, la arquitectura acompaña ese viaje hasta llegar al faro, que simboliza el Paraíso y desde donde se obtiene una de las vistas panorámicas más especiales del centro porteño.

“Habíamos heredado un par de sombreros de nuestro bisabuelo, entonces empezamos a guiar usando sombrero. Después dijimos: ‘¿Qué te parece si nos vestimos más de época? Camisa blanca, tiradores’”, recuerda Miqueas.

Así nació una de las características más reconocibles de las visitas guiadas: los guías vestidos como si todavía estuvieran en la Buenos Aires de principios del siglo pasado, acompañando a los turistas por los antiguos ascensores y pasillos del edificio.

Las visitas guiadas reciben alrededor de 4200 personas por mes y se realizan todos los días del año, con recorridos diurnos, nocturnos y experiencias especiales. Las propuestas duran aproximadamente entre una hora y media y dos horas e incluyen una oficina ambientada como en la década de 1920, idéntica a la que usaba su bisabuelo, y el acceso al emblemático faro. El valor de la visita es de entre $35.000 a $48.000 según el tipo de recorrido y si el visitante es residente o no.

UN NEGOCIO QUE AYUDA A MANTENER UN EDIFICIO DE MÁS DE UN SIGLO. Conservar un edificio de estas características no es sencillo y mucho menos barato. Originalmente, el edificio contaba con unas 400 oficinas, pero actualmente tiene alrededor de 300 unidades y entre 60 y 70 propietarios.

“No existe una máquina que te haga las puertas curvas que tiene este edificio. Todo pasa a ser muy artesanal y el mantenimiento se vuelve cada vez más complejo”, explica Tomás. Con el crecimiento de las visitas guiadas, se convirtió en una fuente clave de ingresos para el consorcio. Según los hermanos, el aporte económico de la actividad permite reducir las expensas del edificio aproximadamente un 40%.

Desde el faro del Palacio Barolo se obtiene una de las vistas panorámicas más particulares del centro porteño. Desde los primeros recorridos, Miqueas y Tomás tuvieron que negociar con los propietarios para conseguir las autorizaciones necesarias y garantizar la convivencia entre quienes trabajan en las oficinas y los turistas.

El siguiente gran paso en la historia de los hermanos llegó cuando decidieron incorporar un bar en el rooftop del edificio. La idea se les ocurrió al ver que en las visitas a los turistas les encantaba terminar los recorridos tomando una copa de vino mientras contemplaban Buenos Aires desde las alturas.

Hoy, el rooftop recupera esa estética de los años 20 a través de su ambientación Art Déco, sus muebles y detalles decorativos. Por Candela Contreras

Fuente: LA NACION

Pablo Espósito
Broker Owner RE/MAX BURÓ II

Comencé mi etapa como agente inmobiliario en RE/MAX BURÓ, en el barrio de Belgrano. Descubrí mi mayor pasión, los Bienes Raíces.
Logré desarrollarme personal y profesionalmente, convirtiéndome en BROKER OWNER de mi orgullo, RE/MAX BURÓ II.